
Uno de los caracteres más difundidos de los biocombustibles radica en los efectos positivos, que produce su uso, para el medio ambiente. Es cierto que a corto plazo el desarrollo de esta tecnología favorecería la situación medioambiental actual, ya que las plantas (de las que luego se obtienen biocombustibles) captan el CO2 de la atmósfera. El CO2 es el principal gas invernadero en la actualidad debido a los enormes volúmenes que se eliminan cada minuto a la atmósfera, por lo que su captación contribuye a disminuir el aumento de la temperatura global, conocido como calentamiento global.
Es, también, cierto (sólo que nadie lo dice) que, a largo plazo, la expansión de los cultivos para producir biocombustibles tiene un efecto irreversible: la desertificación. El afán político de cosechar incesablemente el mismo tipo de cereal u oleaginosa, para producir biocombustibles o, en su defecto, exportar los granos (lo que hacemos todos los países en vías de desarrollo), se denomina monocultivo y arruina los suelos, imposibilitando el crecimiento de cualquier vegetal. Así, se eliminan áreas donde podría captarse el CO2 de la atmósfera, y en cuestión de años se va eliminando una cantidad neta de CO2 a la atmósfera que no es captado.
Además, muchas operaciones realizadas para la producción de biocombustibles, como el uso de maquinaria agrícola, los fertilizantes o el transporte de productos de materias primas, actualmente utilizan combustibles fósiles y, consecuentemente, el balance neto de emisiones de CO2 es positivo. Los recién citados fertilizantes tienden a degradar los suelos al acidificarlos.
De esta manera se demuestra que los biocombustibles no constituyen una alternativa ecológicamente sustentable a largo plazo.
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